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Cuento de Domingo

Aquí­ nunca pasa nada.

La ví­a del tren es un montón de chatarra herrumbrosa que acaso se alcanza a distinguir si uno se acerca lo suficiente. La hierba no ha parado de crecer desde hace cuarenta años cuando decidieron anular el trayecto puesto que nadie venía y de aquí­ nadie iba. No tení­a ningún sentido.
Tampoco pareció lógico aumentar la capacidad del acueducto, ni ampliar la cobertura de la red eléctrica. Jamás hemos necesitado una casa, una farmacia, una escuela o una iglesia de más. Sin que nadie nos lo haya dicho, en cuanto crecemos y tenemos uso de razón nos percatamos de la realidad de El Paraí­so que es así­ como se llama este lugar, no podemos ser más de setenta almas, ni una ni media más. Es por eso que cuando nace un niño nos reunimos en casa del más anciano, le organizamos un gran banquete, cantamos y dejamos que hable de sus recuerdos hasta la medianoche. Luego, sin lágrimas y sin zalamerí­as nos vamos despidiendo uno a uno, le llenamos la cabeza de recados y noticias para nuestros familiares difuntos y esperamos en silencio a que amanezca. Nadie duerme esa noche, nos congregamos en la plaza hasta las siete de la mañana y entramos en la iglesia.

Una vez que el anciano se ha confesado, ha comulgado y se la ha dado la extremaunción, nos acercamos en cí­rculo hasta el altar y aguardamos a que vuelva vestido con la técnica blanca. Está prohibido hacer comentarios, ni siquiera la familia tiene derecho a pedir clemencia, o un aplazamiento, las reglas son reglas de supervivencia y en esos momentos nuestra mas noble función es hacer que el anciano no se sienta solo en el preciso instante en que uno de los cazadores le dispara en la sien.
No siempre el tiro de gracia fue tarea de los cazadores. En un principio lo ejecutaba el alcalde pero como una vez tuvo que ser él quien debió morir y no queriendo nosotros ni él que su muerte tuviese toda la pinta de un suicidio, que no era justo que él mismo se disparase, se encomendó la tarea al ciudadano más respetable, sin embargo tampoco se solucionó el problema puesto que semejante honor a menudo recaí­a en los más ancianos así­ que desde el 7 de julio del 48, es decir hace treinta años, el pueblo en pleno determinó que aunque no siendo los cazadores los hombres mas valorados en la escala social de El Paraí­so como lo son el maestro de la escuela, el alcalde y el farmacéutico, nada es mas de agradecer que por su mero oficio den en el blanco y eviten sufrimientos innecesarios. Dado que a todos nos convení­a tal garantí­a no podemos negar que estamos más que satisfechos con aquella reforma.

Una vez recuperado el equilibrio numérico de setenta almas, nos dirigimos a la puerta de la casa donde probablemente duerma la nueva criatura, aplaudimos durante siete minutos al cabo de los cuales nos retiramos a descansar.

En El Paraíso nada se deja al azar. Cada cual cumple una función imprescindible y vital. No existe nada que sobre ni existe algo de lo que carezcamos, nadie se queda con hambre pero tampoco hay para repetir.
Como es natural, aquí nunca pasa nada, siempre y cuando respetemos las reglas de nuestros padres fundadores. Somos una comunidad destinada a la pureza. Es imposible que tengamos trato con los humanos salvajes. Los domingos, en la sala comunal vemos la televisión y lo que vemos es aterrador. No ignoramos entonces que el mundo de afuera está superpoblado, plagado de enfermedades y desequilibrios. Es por eso que decidimos evitar contacto y nos satisface que nadie haya oí­do hablar de nosotros y que en las cartillas de geografí­a no se encuentre señalado nuestro pueblo.
Las personas que se han atrevido a llegar a El Paraí­so quien sabe con que intención porque nunca hacemos preguntas, descansan en paz en la fosa que empleamos de forma exclusiva para los extranjeros. Quien llega aquí­ no puede irse pero tampoco quedarse. Son las reglas de nuestros padres fundadores. No mueren con los honores que tenemos reservados para nosotros, los llevamos a la cima de la montaña y los empujamos al precipicio al final del cual existe esa fosa de la que hablo y que construyó uno de nuestros más hábiles enterradores. Es un hueco muy profundo rodeado de inmensas rocas de manera que ni siquiera el ojo de un águila podró­a descubrirlo, además, el terreno es árido, el río que pasaba se secó en la época de mis abuelos, desde entonces es solo el valle de la muerte.

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Aquí nunca pasa nada extraordinario salvo cuando alguno o algunos mueren de muerte natural o accidental. Entonces siendo 69 o menos tenemos que improvisar para evitar el colapso. No se puede traer al mundo un hijo en un solo dí­a pero si es cierto que creemos en la vida desde el principio, así­ que los hombres más sanos se ponen manos a la obra y esperamos que haya dado resultado alguna fecundación. Las mujeres no ponen resistencia, todas las proclives entienden de su compromiso y aun aquellas que no tuvieran marido o enamorado tienen la posibilidad de escoger con quien les agradarí­a.

Durante el primer mes largo de espera aguantamos como podemos la transición, es un estado de emergencia, nadie sabe cuantos embarazos hay ni cuantps prosperarán, así­ que solo estamos seguros en la recta final y también empiezan a estar seguros quienes tendrán que partir. La renovación en términos tan grandes es algo que ninguna ideologí­a extranjera ha sabido realizar. Algunas veces han sido diez o doce nuevas criaturas quienes vinieron a llenar de alborozo y juventud nuestra comunidad pero igual ha sido triste la partida de tantos compañeros, es inevitable pero triste, lo que más nos ha llevado a la congoja y sobre todo a que nos sintamos mas incómodos es que en el principio quien morí­a era el más anciano y eso llegó a significar una vez un promedio de setenta y cinco y hasta ochenta años, pero ahora el más anciano en esos términos no existe, el último sacrificado tení­a cincuenta y dos.

No obstante la larga espera de nueve meses existen recursos para que la maldición no se cierna sobre nuestro pueblo. El Gran Libro profetiza que setecientos años de prosperidad estarán asegurados mientras cumplamos las reglas, siete es el número perfecto, siete eran las familias a quienes fueron reveladas todas las cosas y es de ellas de quienes descendemos, y el siguiente número entre el siete y el setecientos, porque no se deben repetir las cantidades es el setenta, el número de nuestra población.

En cuanto al desequilibrio que antes mencionaba sabemos que se puede apelar a la misericordia de dios con cánticos y ayunos cada siete dí­as, con oraciones comunitarias cada siete semanas y así sucesivamente, pero también sabemos que no hay nada mas efectivo que los sacrificios humanos es por eso señor que yo le explico el porqué llegó a El Paraí­so cuando iba para el otro pueblo, pues porque esta mañana cambiamos el sentido de las señales de manera que alguien equivocara el rumbo, no se asuste, todo irá muy rápido y le aseguro que cuando es por ese motivo los nombres de los extranjeros figuran escritos con letras doradas en el libro sagrado de nuestros mayores benefactores.

Autor: MFM

 

 

 



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