Graham era, utilizando un símil bélico, un artillero: sabía que fallaría unos cuantos tiros, pero se aseguraba de que la mayor parte de sus inversiones le reportasen buenos beneficios. Compraba cualquier empresa que quedase bajo lo que él consideraba un margen aceptable de seguridad, y esperaba un par de años o tres a que fueran cumpliendo su objetivo Si lo lograban o iban en vía de ello, bien, pero si no, se deshacía de ellas sin dudar, lo cual propiciaba que muchas de las elegidas explotasen después de haber sido vendidas, o que no despegasen nunca. Buffett, sin embargo, es un francotirador. Más aún, Buffett es Vasili Zaitsev, un maestro de la espera y el camuflaje, que deja pasar cientos de oportunidades de cobrarse la cabeza de simples soldados rasos, esperando pacientemente a que algún mando asome en su mirilla.
Quizá la razón por la cual Buffett nunca ha renunciado a explicar lo que hace, aunque tampoco haya escrito ningún libro haciéndolo y pese a que tampoco ha contado exactamente cómo lo hace, sea que es consciente de que la gran mayoría no podría copiarle aunque quisiera, y que los que pueden, los profesionales, se suelen vender en un altísimo porcentaje al calor de la comisión. Sólo vende en caso de reconocer un error (véase caso COP), o de estar seguro de haber secado la gallina, y no poder obtener más huevos de oro.
Si un inversor doméstico trata de replicar las inversiones exactas que realizan los grandes, fracasará. Invertir en Coca-cola por el hecho de que Buffett tenga media compañía no es en absoluto inteligente. Mucha gente compró BMW cuando Bestinver lo hizo hace un par de años, para luego comprobar que las acciones que adquirieron son de “clase B”, o sea, las que la empresa saca para empleados, sin derecho a voto, y casi la mitad de baratas a la compra en aquel momento que las ordinarias. Un buen chasco. No sirve de nada imitar movimientos literalmente, porque, como dice Peter Lynch en su libro One Up on Wall St., “Aun en el caso de que acierte al comprar, Vd. no sabrá cuando vendo”.
A los profesionales, ocupar la posición que tienen probablemente les aporte mucha visión y oportunidades (aunque también bastante ruido, porque mucha gente querrá colocarles sus “gangas”), pero por mucho que pretendamos imitarlos, los amateurs de esto no podremos jamás hacer lo que ellos hacen, sencillamente porque aunque podamos llegar a adquirir cierto conocimiento nunca tendremos ni el tiempo para dedicar a estudiar cientos de empresas, ni la información (en cantidad y calidad) que ellos puedan manejar, ni la profundidad de análisis que puedan desplegar los profesionales y sus equipos. No hablo de información privilegiada, sino de conocer empresas y sus cuentas como si fueran de la directiva, lo cual ocurre en algún caso.
Por otro lado, paradójicamente, la única oportunidad de tener un cierto éxito en el mundo de la inversión es imitarlos. Entonces… ¿Qué debe hacer un inversor frente a este dilema?
Aparte de aplicar una gran dosis de simple sentido común, es imprescindible comenzar cambiando el qué (las empresas elegidas) por el cómo. Las guías de inversión, esa lista anterior de condiciones aparentemente imposibles, habrá de adaptarse a las características y posibilidades de cada persona. Uno no conseguirá ni la mitad del famoso 23% anual durante 30 años de Buffett, pero a buen seguro su patrimonio crecerá con el paso del tiempo. Y sobre todo, lo más importante, evitará barrizales.
Esto nos lleva necesariamente a tener que aumentar el margen de error. Así de sencillo. De entrada, un amateur manejará como mucho, y ya parece una exageración, unas treinta o cuarenta empresas, de las cuales podrá llegar a conocer profundamente una media docena. Graham, dedicándose profesionalmente a este tema tuvo que rechazar miles de oportunidades estupendas porque, un suponer, la empresa “sólo” había hecho crecer un 30% sus beneficios en lugar de un 33%, pero también es cierto que dedicándose todo el día, semanas, meses a mirar, estudiar y remirar balances y cuentas de resultados, se tiene que encontrar algún momento algo que se ajuste a las condiciones, por duras que sean. Por eso, a Graham probablemente no le importaría que las suyas fuesen condiciones demasiado restrictivas. El universo de un pequeño inversor no es tan amplio, y por tanto una empresa que haya hecho crecer el BPA un 25%, o incluso un 20% puede ser válida para mí, y merecer ser incluida en mis seguimientos, o al menos no desechada por no llegar al 33%, como hacía Graham.
Es fundamental intentar aprovechar precisamente que no se es un profesional. ¿Cómo? Un profesional ha de estar necesariamente invertido, y además ha de luchar constantemente contra los índices y contra el resto de profesionales. Un amateur, no. Vale que quizá se pueda mirar al índice de reojo, por aquello de que siempre se puede comprar un ETF y dejarse llevar por la marea, pero no tiene esa presión, no tiene que rendir cuentas a una junta de inversores. Apuntaba Peter Lynch a este respecto que el inversor doméstico puede (y debe) explicarle sus inversiones a su pareja, lo cual puede ser tan difícil y desde luego más incómodo que hacerlo a una junta, pero también podemos convertir eso en una ventaja: no nos meteremos en camisas de once varas, en inversiones que no podamos explicar en términos sencillos, lo cual conecta con otra medida compartida por todos y cada uno de los grandes: fijarse en una serie de negocios simples, planos, sin complicaciones. Lo simple suele ser bastante efectivo en lo tocante a inversiones.
Ya que no se puede controlar todo, controlemos bien lo que podamos abarcar. La creación de un “círculo de competencia”, un listado de empresas a vigilar con las que el inversor se encuentre a gusto respecto de su negocio e idiosincrasia, que serán vigiladas paciente y constantemente a la espera del momento de adquirirlas es un buen comienzo. La criba sectorial es el primer paso. Desechar ciertos sectores de raíz, o casi por completo. Como ejemplo, una persona que desconfíe actualmente de las entidades financieras podría mantener vigilada Mapfre ó BME como valores de ese sector; o también Ferrovial, FCC ó ACS como constructoras dada la inclinación de su negocio hacia las infraestructuras en lugar de a la construcción de viviendas. Al principio, la lista asusta de grande que es, pero enseguida se aligera eliminando empresas de una en una, estudiando sus números rápidamente de forma preliminar mediante Morningstar o Reuters, para luego entrar en profundidad con cada una de las que van quedando, o cuando se cree haber encontrado algo interesante.
En este punto es muy importante aplicar a rajatabla la simple y aplastante lógica: deuda excesiva, fuera; beneficios decrecientes o erráticos, fuera; poca transparencia de la directiva o de los balances, fuera… Ya sólo con eso se habrá eliminado gran parte de las trampas. Nos llevaremos sorpresas como dejar de lado empresas que nos eran “simpáticas” o atrayentes, en las que hubiéramos puesto nuestro dinero sin dudar, pero también sin saber por qué, y seguir adelante con otras en las que hemos reparado por pura casualidad. A partir de ahí, teniendo siempre presente el perfil aproximado de riesgo que se tenga, la lista va adaptándose a nuestras necesidades. Y conviene tener claro que las empresas que yo elija, las que me hagan sentir cómodo, no tienen por qué ser las de nadie. Cada quien ha de buscar y encontrar las suyas propias.
Respecto a las reglas de inversión, conviene tenerlas, pero no es importante que sean las que dicte nadie que no sea el propio individuo. Un inversor doméstico puede abrir las condiciones, o al menos parte de ellas. No ser tan restrictivo, a riesgo de aumentar las posibilidades de error en una elección. O adaptarlas al ámbito en que opere, en caso de que se restrinja solo a unos pocos sectores o mercados, tomando por ejemplo, PER o múltiplo PER*EV/EBITDA menor que la media del sector, o del resto de sus elegidas. Quizá así no cace jamás un coronel, pero puede que caigan varios tenientes y algún que otro capitán. Y lo que se evitará con casi total seguridad es meterse en demasiados problemas, invertir en algo desconociendo en gran medida qué hay detrás.
Pero la verdadera enseñanza, la más importante y más difícil de entender en esta época que nos ha tocado vivir, posiblemente sea el absoluto desprecio con que los cuatro grandes, y muchos más de su escuela de inversión, hacen del factor temporal. El tiempo, esa cosa que ahora resulta que vale dinero, y que suele llevar a toma decisiones de inversión erróneas, es totalmente obviado por estos reconocidos inversores. Asombra ver como Buffett, a sus ochenta y pico años, aún sigue realizando sus inversiones como si fuese inmortal hoy en día en que la inmediatez prima sobre cualquier otra cosa y la inacción se entiende como cobardía: hay que comprar y vender. Si no, parece que no sabes de qué va esto. Si los pocos que pueden resistirse a la tentación del mercadeo constante merecen todo mi respeto, cuando se trata de profesionales, además, cuentan con mi admiración. Esa es, bajo mi punto de vista, la verdadera piedra angular de su legado, la más importante lección que un inversor debe tratar de aprender.
Permítaseme terminar con un fragmento de Philip A. Fisher Peter Lynch de su libro “Acciones Ordinarias y Beneficios Extraordinarios” en que habla precisamente de la selección de acciones: “Estos asuntos requieren mucho tiempo, además de conocimientos y atención. El pequeño inversor puede tener la sensación de que el esfuerzo que conlleva es desproporcionado en relación a las sumas de las que dispone. Estaría bien, no solo para él sino también para el gran inversor que hubiera alguna manera rápida de seleccionar acciones tipo filón, pero dudo mucho de que exista. El tiempo que hay que dedicar a estos asuntos es, obviamente, algo que cada inversor ha de decidir según las sumas que piensa invertir, sus intereses y sus capacidades.”
Primera parte en este Post



















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