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Cuestión de prioridades

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Estamos ya en una fase de acomodación al caos. El mundo se dio la vuelta aquel verano de 2007 (yo incluso diría que lo empezó a hacer a partir de los atentados del 11-S del WTC en 2001), y hemos pasado un lustro convulso como pocos, como muy pocos. Y ahora parece que ya nos hemos acostumbrado al despropósito: A ver subir los mercados cuando las cifras de paro americano empeoran, porque confían en que ello supondrá la continuidad de la impresión infinita de dinero. O a ver caer la renta fija cuando la FED insinúa que las cosas están mejorando y pronto podrá retirar la respiración asistida (QE) a la economía. Por no mencionar infinidad de otras reacciones y correlaciones absurdas y jamás vistas.

En Europa vemos sin inmutarnos cómo directamente y con total impunidad se confiscan cuentas bancarias en un país dentro del propio seno de la “Neurozona“, o cómo se separan los huevos de la tortilla adjudicando las miserias de la deuda pública de cada país periférico a sus respectivos sistemas bancarios, que con los rescates públicos autóctonos de los “bail-in” acaba saqueando el bolsillo de la población en general. Vemos también impasibles cómo desde Alemania dan directrices al gobierno español para que confisque también Valor de los propietarios de inmuebles, argumentando sin ninguna vergüenza que al estar arraigados físicamente, no se pueden deslocalizar y son una presa más fácil que la confiscación de cuentas bancarias.

Y sin embargo la vida sigue con una aparente normalidad temeraria. Porque los inversores no huyen despavoridos sacando su dinero de los bancos del país ni vendiendo urgentemente sus inmuebles, no. Como en el cuento, las ranitas morirán hervidas pero sin darse cuenta del final trágico que les espera, ya que la temperatura del agua sube despacio, permitiendo que las ranitas se acostumbren a todas esas noticias, llegando a ignorar por completo su trascendencia letal para sus patrimonios. Un cóctel letal de corrupción y medidas confiscatorias tramadas con nocturnidad por los dirigentes españoles y europeos. Y así, en la olla calentándose poco a poco, llevamos ya más de 5 años y el calor es ya peligrosamente sofocante.

En este escenario bochornoso, en todos los sentidos, la actitud de los inversores se puede dividir esencialmente en dos: Aquellos que priorizan la seguridad de sus patrimonios; y aquellos que priorizan el rendimiento a corto plazo de sus activos.

Para los primeros, las inversiones deben regirse por el criterio sagrado de evitar pérdidas permanentes, porque son conscientes de los peligros inauditos del New Normal en el que nos está tocando vivir. ¿Qué es una pérdida permanente? Pues toda aquella minusvalía o pérdida que no es factible recuperar en las próximas décadas. No debemos olvidar que nuestra vida inversora no suele ir más allá de los 50 años, es decir que nuestro dinero va a estar menos de una vida bajo nuestro dominio y nuestras decisiones de inversión (porque debemos descontar infancia, juventud y período en el que todavía no disponemos o no hemos creado un patrimonio considerable).

Y que una pérdida que no podamos recuperar hasta dentro de 15, 20 o más años, tiene un coste de oportunidad inasumible que será un lastre demasiado grande para la correcta progresión de nuestro patrimonio. Por ejemplo mantener un inmueble en España que está perdiendo ya un 30% o más de su valor de compra de hace 5 años, y que tardará décadas o quizá jamás volverá a valer lo que pagamos por él. O el bonista o tenedor de preferentes al que le han quitado el 30 o el 70% de su valor, y que jamás recuperará. O los accionistas de bancos que compraron sus acciones a precios que jamás se repetirán. Por tanto, para los inversores que priorizan la seguridad, es vital evitar pérdidas que no puedan recuperar en menos de 5 o 7 años. Y los rendimientos a corto plazo, pasan a ser algo secundario, si a cambio de ellos corremos el riesgo de dichas pérdidas permanentes.

En cambio, para aquellos que priorizan los rendimientos de sus activos cada año (o incluso cada trimestre), el mundo no les parece que haya cambiado tanto. Creen que el mundo sigue siendo cíclico y que la crisis de deuda de las economías desarrolladas es comparable a cualquier otra crisis sufrida anteriormente. No son conscientes que el aumento del tamaño de los balances de los bancos centrales de las economías más desarrolladas (BCE, FED y BoJ), lo cambia todo para siempre, o al menos durante muchas décadas, hasta que nuestras economías hayan cruzado el desierto de desapalancamiento que apenas hemos iniciado. Y esos inversores ingenuos, mal asesorados/informados, no distinguen el peligro de no conseguir el rendimiento adecuado a 31 de Diciembre, del peligro de perder un valor irrecuperable durante muchos lustros.

Pongamos algunos ejemplos más de inversiones que jamás debería realizar un inversor que priorice la seguridad de su patrimonio a largo plazo. Un inversor que quiera evitar el riesgo de impago (default, quita o reestructuración, como le queramos llamar) de una inversión en renta fija, no debe invertir en deuda pública periférica, por ejemplo. Ni en cualquier otra deuda relacionada con las arcas de países que siguen con una deuda impagable y déficits aún sangrantes (léase ICO, FROB, CC.AA., deuda de entidades financieras, etc). Ni siquiera debería prestar su dinero a emisores que dependan de la fabricación de dinero de su banco central o de que Mr. Market les siga comprando las nuevas emisiones para poder pagar las que van venciendo. Y estos criterios excluyen ya a casi toda la renta fija no corporativa de las economías más desarrolladas.

Obviamente hay excepciones en la renta fija desarrollada que mantienen un endeudamiento soportable y una solvencia muy aceptable debido a que sus economías crecen ligeramente y sus presupuestos están equilibrados, pero los rendimientos que ofrecen esas inversiones son próximos a cero o incluso negativos. ¿Qué queda entonces para aquellos que prioricen la seguridad de que a vencimiento les vayan a devolver su dinero más los cupones? Pues la renta fija de países y -sobre todo- de empresas emergentes bien seleccionada, como hemos dicho ya en otras ocasiones. Más volátil, si. Menos arriesgada, también.

¿Qué inversiones serían aptas para aquellos a los que sólo les importa el rendimiento a corto plazo? Pues desgraciadamente las que a muchos les resultarán más familiares: Depósitos bancarios de entidades que sólo se aguantan en pie gracias a trampas contables y rescates de dinero público. Productos garantizados por bancos (estructurados o no) o renta fija de emisores insolventes, bien sean los propios bancos españoles, organismos públicos y para públicos, o incluso deuda de empresas sobreendeudadas que no podrán hacer frente a sus compromisos en cuanto el flujo de dinero se vuelva a estrechar en la periferia europea (aumento de la prima de riesgo). Casi todas ellas pagando puntualmente hasta hoy sus compromisos, pero con un riesgo intrínseco enorme.

Para esos inversores a los que su mayor prioridad es tener ese 3% “asegurado” a final del año, y que no son conscientes de los peligros de pérdidas definitivas que asumen, les deseo la mejor suerte del mundo. Y de hecho hasta hoy la mayoría la han tenido, a excepción de los depositantes de cuentas en Chipre y los afectados por preferentes, subordinadas y demás basura creditícia de los bancos españoles que ya han caído. Pero la temperatura del agua sigue subiendo, y algunas ranitas amodorradas por el bochorno de la crisis y la corrupción infinita, han perdido ya el sentido. El sentido del riesgo de pérdidas permanentes. Cuestión de prioridades.

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