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¿Qué tiene mayor peso en las socioeconomías occidentalizadas? ¿Nuestros votos como votantes o los euros que nos dejamos como consumidores? La cuestión no es baladí, ya que de su respuesta penden nuestros futuros, los de nuestros hijos, y el de este sistema.

Es obvio concluir que lo que da forma a la socioeconomía de un territorio es su sistema político. Aunque también es obvio llegar a la conclusión de que lo que da estructura a su sociedad está principalmente basado en la economía. Ambos aspectos convergen en un tema central que suelo tratar con todos ustedes desde este blog: la socioeconomía. Es verdad que, dependiendo del país en que nos fijemos, hay algunos en los que política y economía se funden en una sola; sin mirar mucho más allá, tenemos el caso de sistemas totalitarios. Pero hoy por hoy, la línea divisoria entre política y economía está tan difuminada en la gran mayoría de los países, que se podría aventurar uno a afirmar que incluso en multitud de nuestros casos la economía dirige la política.

No tengo a priori nada en contra de que la economía regule nuestros designios. De hecho, pienso que la economía es la base de todo, puesto que sin ella no hay ni educación, ni sanidad, ni políticas sociales, etc. En todo caso, lo único que me gustaría plantearme con ustedes en este post de hoy es la sostenibilidad a largo plazo de una sociedad dirigida por el dinero, además de reflexionar sobre si se trata de una opción justa para sus ciudadanos. A pesar de que es a lo que les tengo acostumbrados, en este análisis de sostenibilidad y justicia no voy a ir por partes. En este caso no. Considero que, en el tema de hoy, ambas cosas son dos caras de una misma moneda, tal y como quedará demostrado más adelante.

Desde el punto de vista económico, nuestro sistema es una plutocracia. Así como todos los votos valen lo mismo en la urna (matizable conceptualmente según el nivel de información y lo razonable de cada votante en cuestión), todas las decisiones de compra no valen lo mismo. Se puede afirmar que en nuestra economía se impone lo que más beneficios da, que suele coincidir con lo que más se vende. Pero hoy en día esta propagación no afecta sólo a productos a la venta, sino también a imagen de empresa, modelo de gobierno corporativo, filosofía empresarial, condiciones laborales, y un largo etcétera. Si compran ustedes productos a compañías con malas condiciones laborales y que exploten el trabajo infantil, están ustedes contribuyendo a que su modelo empresarial se imponga. Tenemos por lo tanto que lo que ustedes compren con su dinero, es lo que ustedes están “votando” para que se extienda como un reguero de pólvora en nuestro sistema. El problema viene en la palabra “votando”, que acabo de utilizar entrecomillada adrede. Este “votando” no es como el voto en la urna. El que más compra, y por lo tanto el que más decide qué se impone en la sociedad, es el que más capacidad de compra tiene, es decir, el que posee más dinero o activos.

Sinteticemos un poco: tenemos que vivimos en un sistema en el que los intereses económicos gobiernan mayormente la política, en el que a su vez la economía viene articulada en base a los beneficios que consiguen las empresas, y estos a su vez emanan de las decisiones de compra de los consumidores, y el que más tiene más decide (porque aunque no compre un producto, si ahorra el dinero, al final lo invertirá aunque sea en una cuenta bancaria, y eso ya es poder de decisión). Llegamos al quid de la cuestión. ¿Es justo que el que más dinero tiene tenga más poder en el sistema? Yo no seré el que les conteste. Se van a contestar ustedes mismos. ¿Cuál es la definición de democracia según la Real Academia Española?: “Predominio del pueblo en el gobierno político de un Estado”… la pregunta obvia ahora es ¿Qué es el pueblo?… de nuevo la RAE dice “Conjunto de personas de un lugar, región o país”. Tenemos por lo tanto que, en una democracia, la política ha de venir determinada predominantemente por el conjunto de los habitantes del país. En un país con clase media predominante, esto se cumplirá a grandes rasgos. ¿Pero qué ocurre en un país donde no hay clase media predominante? Señores, que si entonces la capacidad económica rige los designios como hemos concluido antes, no hay democracia.

Pero estamos hablando de justicia, teniendo claro que hoy en día se acepta que la democracia es el sistema más justo (o el menos injusto) para el conjunto de los ciudadanos. ¿No hablábamos antes también de sostenibilidad? Recuerden que antes les decía que eran dos caras de la misma moneda. ¿Creen que es casualidad que los países con mayores diferencias sociales sean los países en los que hay más inestabilidad social? ¿Acaso no creen que la injusticia lleva a la movilización de las clases más desfavorecidas?… He ahí la insostenibilidad de un sistema injusto. Cuando una parte importante de la población no tiene nada que perder, y no ve futuro ni para sí ni para sus hijos, es proclive a pensar que no puede estar peor y que cualquier otra solución es mejor que la presente, por muy radical que sea. Y la pena es que las soluciones radicales se sabe cómo empiezan pero no cómo acaban. Eso sí, lo comparta o no, no seré yo el que les culpe por pensar así cuando ya no saben ni cómo explicarles a sus hijos por qué no tienen nada en el plato, ni para qué hay que esforzarse en el colegio.

Tras el párrafo anterior, si en un país se deteriora la situación económica y se polariza la sociedad entre muchos pobres y unos pocos ricos, ¿Se puede decir que hay democracia real? ¿Es un sistema socioeconómico justo? Y… ¿Es sostenible? Espero que por fin, tras haber llegado al final de este post, tengan ustedes mismos ya las respuestas a estas tres preguntas clave sobre nuestro futuro. Yo las tengo, pero las mías valen tanto como las suyas, eso sí, siempre que se informen adecuadamente y reflexionen antes de formarse una opinión. En ese caso estaremos en igualdad de condiciones.

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  1. Las decisiones de los compradores nunca son libres. Eso sería tanto como presuponer que tienen información objetiva. En la economía de mercado, la empresa más grande consigue no sólo tener mejor imagen aunque explote a niños en Bangladesh, sino también que las más pequeñas tengan peor imagen.

    En un sistema ideal, en que no se permitiera la mentira para perjudicar al rival, los consumidores serían libres. Pero es que si fuera un mundo ideal, lo de menos sería el sistema porque todo el mundo pensaría en el bien común.

    En el sistema actual, las grandes corporaciones hacen con nosotros lo que les da la gana.

    1. Gracias por leer mi artículo, y me alegro de que te haya inducido a esta reflexión. Ése es el fin último de mi blog. Es cierto que el bien común es un ideal que en el mundo de hoy en día parece hasta utópico e inalcanzable, pero no por ello debemos renunciar a perseguirlo e intentar conseguirlo. El día que nos demos por vencidos, el sistema estará perdido, pero lo peor es que también estaremos perdidos nosotros como personas.

    2. arnaldinho tiene usted razón, pero la diferencia radica en que si se destapa el engaño del marketing y la gente se entera que está comprando productos fabricados a través de la explotación, usted ya estará advertido y pasará a ser “culpable” de dicha explotación. Sin embargo, todos sabemos el problema de las puertas giratorias y estamos atados de pies y manos como individuos para contrarrestar dicha injusticia por la que estamos obligados a pagar. Sí, puede votar a otro partido (X años después) expresando ,en el mismo o parecido grado, su descontento. Pero aunque gane una fuerza política acuérdese que ésta tiene un mandato representativo y no imperativo, con lo cual puede prometer oro y ofrecer injusticia.

  2. Una sociedad desigual(la mayoría pobre frente a pocos ricos) sólo es sostenible con un Estado autoritario. El Estado es el garante de la perpetuación de los privilegios de los ricos. Por lo tanto, cuanto menos influencia tenga en la economía para subvencionar empresas, restringir la competencia, levantar barreras de entrada/salida otorgando favores a una industria/oligopolio/monopolio, etc., mejores condiciones y más justas tendrán los ciudadanos en general.
    No sé cuál será su opinión, pero aquí queda la mía, la de un liberal.

    Saludos.

    1. Gracias por leer mi post. Respecto a la interesante cuestión que me planteas, no tengo la solución ahora mismo, pero si el problema que hay que atacar. El problema es la falta de ética y de valores de bastantes dirigentes, bien sean políticos, directivos o sindicalistas. Ése es realmente el cáncer que hay que curar. Si no lo hacemos, fracasaremos en las dos posibles aproximaciones: sin ética ni valores fallan tanto la regulación estatal (si se confía en un estado la dirección de nuestra economía), como las políticas corporativas (si se confía en una economía y un mercado que se autoregulen). El primer problema que tenemos son las personas y sus actitudes. Una vez superemos este problema aflorarán y tendremos datos fiables para resolver otras cuestiones como la que planteas. De todas formas, ninguna tendencia llevada al extremo suele resultar buena, porque el extremismo intensifica las vulnerabilidades y debilidades de las premisas iniciales (ninguna es perfecta). No se puede descartar una solución basada en un punto de equilibrio razonable a medio camino entre la sobreregulación y la falta absoluta de ella.

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