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El corralito está en llamas.

corralito chipre

Era de esperar, el corralito estaba repleto de paja y escombros secos, y el calor abrasaba. Ahora nadie sabe cómo apagarlo porque hay muy poca agua en esa casa, apenas unos baldes que están comprometidos con el huerto para salvar algo de la paupérrima cosecha. Los vecinos de alrededor tienen pozos, pero jamás les dieron su permiso para extraer de ellos ni una gota de agua. Y no porque sean mala gente o insolidarios, no, sino porque sus respectivas cosechas, y por tanto su supervivencia, también dependen de lo que queda en esos pozos. La sequía que azota la región desde hace un lustro, ya mella cruelmente el bienestar de las familias de esta zona, cada vez más pobre, de la periferia de la Gran Ciudad.

¿Cómo es posible que los dueños chipriotas de esta granja hayan permitido una acumulación de tanta paja y despojos secos en su corral? ¿Acaso no sabían que una acumulación de ese tamaño era temeraria? Tan sólo era cuestión de tiempo que se incendiase y pusiera en peligro al resto de granjas colindantes. Las llamas pueden alcanzar una envergadura que, con el fuerte viento y la sequedad del ambiente, fácilmente se puede propagar por toda la periferia, amenazando incluso algún barrio de la capital. El granjero chipriota ha pensado en todas las opciones posibles, y ha llamado a un conocido suyo ruso que tiene un gran pozo de agua. Pero éste no se lo está poniendo fácil y quiere aprovecharse de su situación desesperada: Le ha insinuado que a cambio de llevarle unos camiones de agua le permita establecer un club nocturno, un puticlub, en su propia casa, junto al corral, y que la joven hija del granjero sirva copas en la barra del bar. La cara del granjero está desencajada, pero por el momento siguen discutiendo por teléfono y ninguno de los dos ha colgado.

Alternativamente, los otros granjeros, el alcalde, el alguacil y hasta el mismísimo ministro discuten en la capital, de forma alocada y a gritos como tantas y tantas veces anteriores, las medidas que hay que tomar. Corren en todas direcciones, como un hormiguero en estado de emergencia. Llevar agua desde el centro de la ciudad a las granjas periféricas no es viable, puesto que el alcalde se niega en redondo a gastar sus recursos acuíferos en apagar las miserias de la periferia. Los acusa de haber amontonado de manera negligente, despreocupada y temeraria sus deshechos secos en corralitos que hoy son un polvorín. Y no le falta razón. Pero el fuego sigue ardiendo y las llamas ya se alcanzan a ver desde la capital.

El fuego no perdona, y las leyes de la física, como las del Mercado, son implacables. Algunos granjeros culpan al maldito fuego, a la maldita sequía, al maldito alcalde o al maldito ministro, obviando sus negligencias y que las condiciones climatológicas son las mismas para todos, en la ciudad y en la periferia. Quizá ese sea el problema. Los habitantes de la ciudad disfrutan de un ambiente seco, cálido y soleado en sus piscinas, porque sus productos inflamables están bien distribuídos, almacenados, controlados y siempre con un extintor a mano. Pero en la periferia, con sus malos hábitos y escaso rigor, necesitan otro clima más húmedo. Un clima que no amenace sus miserias amontonadas en sus corralitos y les permita sobrevivir a largo plazo, a pesar de sus malos hábitos.

Cuando los granjeros se trasladaron para instalarse en la periferia de la ciudad, creían que todos se iban a beneficiar de esa proximidad. Creyeron que todo iba a ser ventajas, como ir al cine de la ciudad los domingos, ir de tiendas, e incluso algunos hacían negocio con el turismo de la ciudad que visitaba sus granjas de vez en cuando. Pero no tuvieron en cuenta las desventajas: El clima seco y caluroso de la ciudad perjudicba su agricultura, y cada vez menos granjeros podían permitirse ir al cine o de compras a la ciudad.

¿Qué ventajas tiene entonces para esas familias haberse mudado al clima seco de la periferia de la gran ciudad? ¿Y de qué ventajas disponen los ciudadanos por tener en las afueras a unos granjeros que les exigen agua para apagar sus peligrosísimos incendios? Es cierto que los granjeros compraron en las empresas de la ciudad sus herramientas agrícolas, pero cada vez disponen de menos dinero para gastar en la ciudad. Y no es menos cierto que durante unos años, los habitantes de la capital pudieron ir a la periferia a comprar productos autóctonos. Pero hoy el riesgo de la propagación del incendio por toda la periferia, que podría alcanzar también a algunos barrios de la ciudad, genera ya demasiadas tensiones entre unos y otros. Quizá, en un arranque de determinación inaudito, las autoridades destierren al granjero chipriota una vez el fuego haya consumido su casa, pero eso no evitará que otros corrales vecinos se incendien próximamente. Es sólo cuestión de tiempo.

Hoy por hoy nadie sabe cómo se va a atacar el incendio de la granja chipriota, ni cuanto tiempo más puede tardar en llegar el agua que lo controle (ya nadie aspira a apagarlo), y tampoco se sabe si se va a estar a tiempo de evitar su propagación a alguna granja vecina. Lo que es seguro es que no va a llover y que el clima seguirá tórrido. Por el momento las puertas del corralito en llamas siguen cerradas desde hace ya 5 días para contener inútilmente unas llamaradas mayores a cada minuto que pasa. Porque se sabe cuando un corralito se cierra, pero nunca se sabe cuándo se volverá a abrir. Todos tienen en mente a un viejo granjero argentino al que le ocurrió algo parecido, pero nadie quiere hablar de ello ahora. Al fin y al cabo, a pesar del fuego y la destrucción, la estética de Mad-Max aún queda algo lejos de esta metrópoli y su periferia.



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