Gustavo Rivero. Uno de mis errores en mi última etapa como CEO de un banco fue aceptar el despacho que me correspondía como primer ejecutivo. Al principio, veía a muy pocas personas a lo largo del día. Si no conocía a las personas, era difícil saber lo que pensaban y dirigir con eficacia. Lo solventé aprovechando también mi despacho como sala de juntas y para recibir a clientes. Igualmente, me paseaba cada día por todas las plantas para hablar con la gente y mantenía reuniones periódicamente con toda la plantilla uno a uno. Aun así, lo que debería haber hecho era instalar mi despacho junto al equipo.

Según Jacqueline Carter y Rasmus Hougaard, hay que combatir el riesgo de insularidad que conlleva ocupar cargos de alto nivel. Y este riesgo es un problema real para los líderes. Cuanto más alto es el cargo, más riesgo se corre de tener un ego inflado. Y cuanto más crece tu ego, más riesgo corres de acabar en una burbuja aislado, perdiendo el contacto con tus colegas, la cultura y los clientes.

Moisés decía: “Si quieres conocer a alguien, dale poder”. Y lo cierto es que tener poder nos daña. A medida que ascendemos, adquirimos más poder y es más probable que las personas quieran complacernos aumentando nuestro ego. El proceso se retroalimenta creándose un círculo vicioso. Es el síndrome de la arrogancia, un trastorno debido a la posesión de poder asociado con un éxito abrumador celebrado durante años.

Un ego no controlado puede distorsionar nuestro enfoque o torcer nuestros valores. Manejar el deseo de nuestro ego por la fortuna, la fama y la influencia es la principal responsabilidad de cualquier líder. El ansia del ego por más poder nos hace perder el control, nos hace susceptibles a la manipulación, estrecha nuestro campo de visión, corrompe nuestro comportamiento y nos hace actuar en contra de nuestros valores.

Cuando creemos que somos los únicos arquitectos de nuestro éxito, tendemos a ser más rudos, más egoístas y más propensos a interrumpir a los demás. Esto es especialmente cierto ante los contratiempos y las críticas. Un ego inflado nos impide aprender de nuestros errores y hace que sea difícil apreciar las lecciones del fracaso.

Finalmente, un ego enorme reduce nuestra perspectiva. El ego siempre busca información que corrobore lo que quiere creer: nos hace tener un fuerte sesgo de confirmación. Sólo vemos y escuchamos lo que queremos. Como resultado, perdemos contacto con las personas que lideramos, con la cultura de la que formamos parte y con nuestros clientes.

Liberarse de un ego excesivo es un trabajo importante y desafiante. Requiere desapego, reflexión y coraje:

– Considera los beneficios y privilegios de tu rol. Algunos permiten hacer tu trabajo de manera efectiva, pero otros son simplemente ventajas para promover tu estatus. Detecta cuáles puedes dejar ir.

– Trabaja con personas que no alimenten tu ego y apóyalos. Contrata personas inteligentes con confianza para hablar.

– La humildad y la gratitud son aspectos claves. Tómate un momento al día para reflexionar sobre todas las personas que fueron parte de tu éxito en ese día. Esto te ayuda a desarrollar un sentido natural de humildad al ver que no eres la única causa de tu éxito. Termina la reflexión enviando proactivamente un mensaje de gratitud a esas personas.

El ego inflado que viene con el éxito (sueldo más alto, prebendas…) a menudo nos hace sentir como si hubiéramos encontrado la respuesta eterna para ser un líder. Pero la realidad es que no. El liderazgo se trata de personas, y las personas cambian todos los días. Si creemos que hemos encontrado la piedra filosofal para liderar personas, simplemente la hemos perdido. Si permitimos que nuestro ego determine lo que vemos, lo que oímos y lo que creemos, dejaremos que nuestro éxito pasado dañe nuestro éxito futuro.

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  1. Mucho se ha hablado sobre este problema de narcisismo y ego, creo que si sabes controlarlo puede ayudarte a sobrepasar las expectativas de vida que tengas. Escribo sobre ello y me ayuda a controlarlo.

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