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El riesgo de perder más que un dedo meñique

Hace más de 7 años que el mentalista Derren Brown ejecutó un truco que estremeció a la audiencia. En directo, se puso un revólver cargado con una sola bala contra la sien y apretó el gatillo. En un local supuestamente desalojado, con un testigo y la incertidumbre de qué cilindro ocupaba la bala, Derren se disparó dos veces sin éxito. El tercero lo tiró al aire. Después de unos minutos de reflexión, con la mirada atenta al Smith & Wesson, arriesgó una vez más. Se disparó a la cabeza y, rápidamente, a la quinta oportunidad, agujereó un saco de grano colgado en un extremo de la habitación. Aparentemente, se salvó, casi de milagro.

Me niego a pensar que el mentalista pusiera en riesgo su físico a la Ruleta Rusa, a partir de sus capacidades de leer la mente. Si fuera así, Derren Brown habría expuesto su vida al supuesto “vínculo cósmico” que había entre el colaborador, quien introdujo la bala, y él mismo. Las probabilidades de que una bala abriera su cabeza continuarían siendo de 1 entre 6. Un 16,67%. A medida que sumaba intentos, pulsando el gatillo, esta magnitud sumaba más y más dígitos.

¿Qué tiene más riesgo que la posibilidad de matarse? La respuesta es evidente. Pero en este ejemplo, el mentalista no dejó nada al azar. Estaba completamente seguro de qué compartimientos de la cámara del revolver estaban vacíos y los que no. La incertidumbre era mínima. A la audiencia, en cambio, Brown la engañó con el espectáculo; como un buen actor controló la historia, los tempos y los silencios. En más de una ocasión recordó que estaban solos y que la grabación se realizaba con cámaras fijas. Incluso explicó que Frank, el testigo, había firmado un contrato previo que le eximía de cualquier responsabilidad penal.

Incertidumbre? Imposible. La información de la que disponía el mentalista minimizó en un extremo la probabilidad de volarse la cabeza.

“El hombre de Hollywood” (Aviso de spoiler)

perder el dedo

El caso de Norman es diferente. En la historia “El hombre de Hollywood”, Quentin Tarantino nos regaló la parte que considero más divertida de la película “Four Rooms”. Escrita y dirigida a cuatro manos, el filme cuenta la historia de un botones, protagonizado por Tim Roth, en un hotel, en noche vieja. Ted, el protagonista, está asqueado de su trabajo, los huéspedes y quiere largarse. Ha superado un aquelarre, una pareja psicótica le ha amenazado a punta de pistola y los hijos traviesos de Antonio Banderas le han incendiado una habitación, con una prostituta muerta debajo de la cama. Pero, antes de marcharse, su responsable le pide un último favor; que atienda los clientes VIP del ático.

Borrachos perdidos, el famosos director Chester Rush (el mismo Tarantino) y sus colegas, impacientes, le esperan a la habitación para hacerle una propuesta atípica. Norman (Paul Calderón), en un momento de lucidez, ha apostado a que es capaz de encender su Zippo diez veces seguidas. Si lo consigue se quedará con el Chevrolet Convertible de Chester, si falla le cortarán un dedo. La misma apuesta que propuso la hora de Alfred Hitchcock, en un episodio protagonizado por Steve McQueen y Peter Lorre, y basado en el cuento “Hombre del sur” de Roald Dahl.

Con el optimismo y confianza que transmite Norman, el espectador cree que será capaz de hacerlo. De verdad, ¿os pensáis que se quedará sin dedo meñique?

Estadísticamente, es como lanzar una moneda en el aire, la probabilidad de conseguirlo una vez es de un 50%. Pero hacerlo sucesivamente, hasta diez veces, las posibilidades de éxito se reducen hasta un 0,098% (0,5 multiplicado diez veces). Una apuesta arriesgada. Y por eso necesitan a Ted; alguien ajeno y desconocido, dispuesto a cobrar 1.000 dólares, para cortarle el dedo meñique de la mano izquierda con un cuchillo de carnicero.

Trasladamos estos ejemplos al campo que nos ocupa: las finanzas y, sobretodo, las inversiones. Las analogías pueden ser diversas. Por ejemplo, aunque la estadística se ponga en contra, ¿Cuántos dedos pequeños se han apostado en bolsa para conseguir más que un Chevrolet? (El primer día de trading, hay quién se imagina rico en la piscina y el cocktail en la mano). ¿Cuántas veces etiquetamos una idea de inversión como arriesgada porque no la entendemos y nos falta información?

Al contrario que Derren Brown, el dedo de Norman tiene menos posibilidades de sobrevivir. Es una mala apuesta porque pierde la batalla probabilística y también en asimetría de la información. La ganancia potencial es increíble; un coche. Pero, sin rebelar el final de la película, ya os podéis imaginar de qué lado se pone la realidad.

Via The Money Glory

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1 comentario

  1.    Responder

    La probabilidad de que al lanzar una moneda salga cara no es del 50 %
    Si lanzáramos una moneda siempre con las mismas condiciones iniciales y con la misma fuerza inicial, las probabilidades de que el giro termine en cara o cruz son evidentemente iguales. Sin embargo, en el mundo real las cosas no son tan ideales.

    En el mundo real, las probabilidades son de 51 % y 49 %, según si escogemos cara o cruz.

    Dicha afirmación nace de una investigación de un equipo de estudiantes de la Universidad de Stanford, que registró en vídeo miles de lanzamientos de moneda con cámaras de alta velocidad. La cuestión es que lanzar una moneda al aire no es un proceso estrictamente aleatorio, tal y como explica John Lloyd en El nuevo gran libro de la ignorancia:

    la mínima diferencia en las condiciones (velocidad y ángulo de giro, altura de la moneda respecto al suelo, qué cara está arriba para empezar), influirá sobre el resultado. La investigación de Satanford demostró que, al hacer el promedio de varios lanzamientos, los cambios eran lo bastante significativos para impedir una probabilidad del cincuenta-cincuenta.

    Os parecerá que este estudio carece de importancia, a no ser que te dediques a los juegos de azar. Pero no es cierto. Por ejemplo, según la ley electoral británica, si el escrutinio termina en empate, el resultado se decide por sorteo. En las elecciones municipales británicas de 2010 hubo un empate de votos en Great Yarmouth y Bristol. En el primero, ganó el candidato que sacó la carta más alta de un mazo; en el segundo, un funcionario sacó un nombre de un sombrero. No es extraño imaginar que algún día lanzarán una moneda al aire.


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