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Hágase usted mismo su tostadora, o su Coca-Cola. Si se atreve

tostadora

Hace algunos años, Thomas Thwaites, un artista británico, decidió experimentar una versión hágalo-usted-mismo de la economía de mercado. Quería comprobar en qué medida a un ciudadano corriente le sería posible vivir en una especie de autarquía personal y fabricar por sí mismo los objetos que tenemos a nuestro alcance, por poco dinero, en cualquier Todo-a-100. Intuitivamente, la respuesta a la reflexión de Thwaites es bastante sencilla. Especialmente para alguien a quien, como yo, inspiran el mismo terror la visita al dentista y el cambio de los focos del cuarto de baño de casa. Pero el artista británico decidió ir más allá de la intuición y dar una respuesta empírica a su pregunta.

Inspirado por la trilogía -en cinco volúmenes- del Autoestopista Galáctico, optó por fabricar una tostadora. Un objeto que, por otra parte, puede ser comprado por el equivalente a menos de una hora de trabajo de una persona media, que tenga un trabajo medio y gane un salario medio en España. Un trasto bastante corriente y de un nivel de sofisticación tecnológica que supera, pero por poco, al de la rueda de la jaula del hámster. Nada que ver con un acelerador de partículas o con las sofisticadas máquinas de tortura aplicadas por los dentistas a sus llorosos pacientes.

Evidentemente, la tarea de Thwaites no era fácil. Pero tampoco parecía hercúlea. Y sin embargo lo fue. Algo más que hercúlea, de hecho. Carl Sagan dijo que para cocinar una tarta de manzana desde cero uno tenía, primero, que inventar el universo. Thwaites comprobó que el aforismo de Sagan era extensible a las tostadoras. Producir la tostadora le llevó nueve meses. Más tiempo del que llevará a las autoridades chinas -según anunciaron el pasado año- construir el edificio más alto del mundo.

Les resumiré la historia diciéndoles que Thwaites acabó fabricando su tostadora. Aunque el dinero que le costó multiplicó por varios cientos de veces lo que hubiera tenido que pagar por ella si simplemente hubiera ido a comprarla a la tienda más cercana. El artista pensó que podía hacer ingeniería inversa sin demasiada dificultad. Pero se encontró con que una tostadora típica tiene cuatrocientos componentes. Y que su fabricación necesita cien materiales distintos. Imagínense los esfuerzos para obtener y fundir el mineral de hierro necesario para algunas partes de la tostadora. O lo que significaría extraer el crudo que haría falta para los plásticos.

Un lío, en suma. Pero no terminaron ahí los problemas de Thwaites. Cuando, una vez fabricada, decidió enchufar la tostadora, casi acaba engrosando las listas de fallecidos por electrocución. Por supuesto, la tostadora nunca llegó a tostar nada. Era demasiado peligrosa como para intentarlo. Las tostadoras, por supuesto, no son la excepción sino la regla de nuestra economía de mercado.

En uno de los más interesantes libros de economía que he leído en los últimos años, The Origins of Wealth (Random House, 2007), Eric D. Beinhocker hace una comparación entre las economías avanzadas y las que lo son menos. Entre la economía a la que se enfrenta un habitante de Madrid, por ejemplo, y la de un habitante de las tribus de cazadores recolectores como los Yanomamö (sic). La economía yanomamö —estimaba el autor— tiene a lo sumo unos pocos cientos de referencias; mil, como mucho. Por el contrario, la economía de un madrileño, según la estimación del autor, está constituida por alrededor de un billón (de los españoles) de referencias.

Si esta cifra les parece exagerada, echen un vistazo a las decenas de diferentes variedades de galletas que pueden comprar cuando acuden al hipermercado, a los miles de restaurantes por los que pueden optar un sábado por la noche o a la oferta a la que se enfrentan cuando quieren comprar un abrigo. O a todos los dentistas que pueden ustedes elegir. Tal y como explica Beinhocker, el ser humano tardó un 99,4 % de su historia evolutiva –desde la aparición de las primeras herramientas- hasta llegar al nivel de los yanomamö. Desde ese momento, tan solo un 0,6 % hasta llegar a la economía del billón de artículos de hoy.

La complejidad de la economía en la que vive un habitante de Madrid multiplica por varios millones la de un miembro de una tribu de cazadores y recolectores en términos de los productos y servicios que tiene a su alcance. La maraña de relaciones y acciones que son necesarias para que una simple camisa, o tostadora, lleguen a la tienda en la que usted la compró es de una magnitud tal que provoca mareos. Y está sustentada en la reciente -en términos evolutivos- capacidad del ser humano de relacionarse con extraños sin sentir la necesidad de matarlos para evitar ser asesinado por ellos.

Cuenta Jared Diamond en The World Until Yesterday (Allen Lane, 2012) que los habitantes de las tierras altas de Papua Guinea no solían alejarse, en toda su vida, más de un par de kilómetros del lugar donde habían nacido. Si lo hacían, se enfrentaban a una elevada probabilidad de ser asesinados por una tribu rival vecina. En Papua Nueva Guinea, por supuesto no fabricaban tostadoras. Ni camisas. El nivel de especialización y coordinación necesario era incompatible con la incapacidad de las distintas tribus de relacionarse con los demás. La economía de mercado se sustenta, como decía alguien, en nuestra recientemente adquirida habilidad de tratar como si fueran amigos a gente a la que ni siquiera conocemos.

Viene esto al caso de un artículo recientemente publicado acerca de Coca Cola y que pone de manifiesto lo difícil que es conseguir que ese delicioso néctar aparezca puntual en su nevera. El artículo concluía que ningún individuo del mundo podría, por sí mismo, fabricar una Coca Cola. Y que ningún país tenía a su alcance todos los recursos necesarios para producir la bebida. Si no lo creen, ya saben; intenten, como Thomas Thwaites, hacerse la Coca Cola ustedes mismos. Eso sí, antes de bebérsela, por favor, hagan que la pruebe primero su dentista.

Vía @ramontuitin

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4 comentarios

  1.    Responder

    Me parece un artículo muy ilustrativo de las enormes ventajas de la división internacional del trabajo y de las economías de escala. La economía de mercado parece ser el único medio por el cual hasta ahora se han podido desarrollar esos paradigmas. Aún así, en esta misma economía suceden disfunciones graves.

    Fijaros que en un paradigma comunista, por ejemplo, tener una gran producción de alimentos agrarios o viviendas sería una notícia espléndida: tocarían más para todo el mundo. En una economía de mercado en cambio, donde la relación de intercambio entre productos se define en función de su escasez relaiva (el precio), las sobreproducciones pueden suponer un problema. La economía de mercado premia a la escasez y no la abundancia. Paradójicamente -y contestándome a mi mismo-, en el capitalismo de mercado se ha conseguido la mayor abundancia material de la historia humana.

    Aunque reconozco las bondades del libre mercado -libre de monopolios y oligopolios, me refiero- creo que le falta algo al modelo, para que producir mucho -sobretodo si se trata de bienes de primera necesidad- no pueda ser nunca un problema. No soy yo quien lo vaya a descubrir por ahora ya que sólo soy un simple estudiante de Economía. Pero es una reflexión que quería dejar sobre la mesa. Saludos.

    1.    Responder

      Muchas gracias por la reflexión, Kagunlou.

  2.    Responder

    muy interesante

    1.    Responder

      Muchas gracias, Paco


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