Para aquellos inversores que todavía asocian los mercados financieros a la imagen de traders vestidos con sus chalecos de colores dando voces en la bolsa de Nueva York, decirles que desgraciadamente dicha imagen forma parte ya del pasado. Hoy en día los mercados financieros son un espacio cibernético dominado por superordenadores capaces de realizar miles de operaciones por segundo a través de programas de trading automático de alta velocidad (en inglés High Frequency Trading o HFT). Como muestra, una reproducción gráfica de las operaciones que se cruzaron en una milésima de segunda el pasado 2 de mayo en acciones de la compañía farmacéutica Johnson & Johnson:

Además, la mayoría de estas operaciones se llevan a cabo a través de plataformas de negociación alternativas (denominadas dark pools) dado que permiten a los inversores operar libremente y de forma confidencial, lejos de las restricciones regulatorias y técnicas de los mercados tradicionales como el NYSE o el Xetra.

¿Cómo afecta esta situación a los inversores “tradicionales”? Para los defensores del HFT y del trading algorítmico el dominio de las máquinas en los mercados financieros sólo trae ventajas: mayor liquidez y por lo tanto menores costes de trading para todos los inversores. De lo que no hablan es de los numerosos ejemplos de “fallos técnicos” que dicha operativa ha causado en los últimos años. En mayo de 2010 el índice Dow Jones cayó en unos minutos un 9% (la mayor caída intradía de su historia) debido a una cadena de operaciones de HFT iniciada por una orden automática de un fondo de inversión de Kansas. Un año más tarde las acciones de la compañía Enstar cayeron de $100 a $0 en pocos segundos. Misma suerte sufrió el Focus Morningstar Health Card Index ese mismo año. En 2012 salidas a bolsa como las de BATS o Facebook sufrieron graves problemas técnicos en sus primeras horas de negociación… Aunque generalmente se trata de episodios puntuales y de poca duración (suelen recuperar el precio “de mercado” al cabo de unos minutos o de unas horas), la incertidumbre que transmiten es poco deseable si de lo que se trata es de dar seguridad a los inversores humanos.

Además en mi opinión su “modus operandi” genera volatilidad y puede provocar que algunos activos coticen temporalmente lejos de su valor fundamental, perjudicando a la gran mayoría de inversores que no pueden participar de dicha operativa. Lo habitual hoy en día en los mercados es que en los primeros segundos después de la publicación de un dato macroeconómico relevante (por ejemplo la tasa de desempleo o el volumen de contrataciones en EEUU del pasado viernes), miles de órdenes se ejecuten como respuesta a los algoritmos pre-programados en función de dicho dato. A su vez dichos movimientos causan la reacción de otros programas de HFT que compran o venden acciones, bonos, divisas, materias primas, etc. en fracciones de segundo, generalmente en la misma dirección que los anteriores, provocando una cadena de transacciones y estableciendo un nuevo precio “de mercado”. Ante este nuevo precio se produce la reacción de algunos inversores humanos que llevados por el pánico o la codicia compran o venden dicho activo, reforzando el movimiento alcista o bajista. Dicho movimiento provoca el reajuste de las expectativas de algunos analistas, reforzando aún más la tendencia…

¿Es el fin de los mercados? No, sin duda. Pero conviene tener muy presente esta “nueva” realidad. Mientras un grupo reducido de inversores controlan los mercados a través de complejos sistemas de trading el resto vamos a remolque. De hecho, se estima que cerca del 60% del volumen de negocio en EEUU y el 40% en Europa se genera actualmente a través de HFT y trading algorítmico. Ante esta situación bien harían los reguladores en seguir esforzándose por acotar dicha operativa pues de lo contrario esto se va a convertir en un futuro próximo en la guerra de las galaxias.

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