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El Problema político, casi tan grande como el económico

pppsoe

Pudiera parecer, a la vista de muchos lectores, que el mayor problema político que ahora mismo enfrentan nuestros gobernantes es la corrupción. De manera casi sistemática, a diario, recibimos una noticia relacionada con un caso de corrupción, la mayoría de las veces distintos casos con políticos de diversos partidos involucrados. Ello sumado a las muchas veces vergonzantes sentencias judiciales que no hacen sino ensuciar la imagen de la justicia ante unos ciudadanos que no comprenden sus decisiones.

Empero, la corrupción no es el mayor de los problemas que nos asolan a nivel político. La corrupción, sin tener del todo claro científicamente si se trata de un problema de incentivos o un problema cultural patrio, es un grave problema desde el momento en el que un político siquiera se plantea hacer un análisis del coste-beneficio de corromperse (ídem para el siempre tristemente olvidado corruptor). Y aunque, probablemente, la mejor solución contra la corrupción fuere el recorte drástico de competencias a los políticos (si, por ejemplo, no pueden conceder licencias de construcción nadie intentará corromperles a tal fin) no estaría de más edificar a su alrededor una serie de muy negativos incentivos que les alejasen de tal fatídico acto (insisto, políticamente hablando, puesto que económicamente a nadie le quepa duda que, tanto para el bienestar del político como del corruptor, la corrupción es muy provechosa).

Pese a esta previa reflexión, y como comentábamos, el problema se halla en estos momentos en la falta de alternativas políticas. El discurso gobernante hoy en día, tanto en el Gobierno como en la oposición, es del todo monocromático. Usando el símil de Aleix Saló en su última obra divulgativa, pareciera que una legión de zombies economistas observadores hayan invadido cada uno de los partidos políticos despreocupando a sus miembros por el verdadero problema que nos asola: la lenta y esquiva reestructuración del monto total de la deuda del sistema.

Por ejemplo, el miércoles conocimos el primer dato de superávit exterior en más de una década. Un superávit de unos 2.500 millones de euros (frente al billón de endeudamiento total exterior que todavía tenemos pudiera parecer poco, pero frente a los 100.000 millones de déficit de hace un lustro la reducción es considerable). Pues bien, ojeando sólo la balanza comercial sin transferencias públicas nos percatamos que todavía existe un déficit de poco más de 1.000 millones que ha sido cubierto por la Unión Europea con dinero público (y de ahí nuestro superávit).

Por otro lado, la deuda privada tampoco es que haya evolucionado favorablemente. Sí, es cierto, se ha reducido. Pero el mayor esfuerzo ha provenido de familias y PYMES, dejando las grandes empresas su ajuste para épocas venideras. Es más, en el último informe de BBVA Research sobre el consumo en nuestro país, que comenté junto con mi colega economista José María González-Garilleti, se mostraba cómo las grandes empresas habían tardado más en comenzar a amortizar su deuda (vía ahorro) de lo que las familias habían tardado. Bien es cierto que la caída, fuerte, del consumo de los últimos 18 meses ha reducido a su vez la tasa de ahorro de las familias y el aumento de la de las empresas ha amortiguado esta caída tan necesaria en el sector privado. Eso sí, todo ello sin contar un sistema financiero que sigue viviendo enchufado a la refinanciación casi gratuita del BCE.

Pues bien, mientras esto ocurre el monto de la deuda pública pronto  rondará el 100% del PIB y ningún partido político parece dispuesto a pararlo. Mientras el PP se pelea con Bruselas para pactar un déficit del 6,7% sin contar las ayudas a la banca (que, probablemente y al albur  de los últimos datos será muy superior) el resto de partidos políticos sin excepción (y con representación parlamentaria) quieren más déficit y más gasto. Quieren un sistema de quita, a todas luces inmoral, como el que se practicó en Estados Unidos y una mayor quiebra encubierta del Estado monetizando deuda de manera más intensa (pese a que el BCE haya expandido su Balance más que la Fed en los últimos tiempos y ello no haya traído ningún resultado).

Ello por el lado del gasto, por el lado del ingreso estos zombificantes economistas observadores propugnan mayor carga fiscal para las empresas a través del Impuesto de Sociedades. Ello viene a la tan repetida crítica del impuesto efectivo de sociedades que pagan las empresas del IBEX, siempre muy por debajo del 30%. Claro, la cuestión lleva trampa. Muchas de ellas cuentan con escudos fiscales o con sistemas de reparto de costes intragrupo que les sirven para desgravar y, pese a la reducción de bonificaciones, seguirían beneficiándose de las dádivas concedidas durante tanto tiempo por nuestros dirigentes. Empero, estas bonificaciones pueden salvar de la quiebra a un honrado panadero o al quiosquero de la esquina a la hora de declarar el IS (y, créanme, son éstos los que sí pagan un tipo efectivo cercano al 30%). Cuando oigan estas peticiones no piensen en que se le van a apretar las tuercas a Florentino Pérez y demás administradores de cotizadas, piensen en cómo van a ajustar la asfixia a su peluquero, a quien le vende bebidas espirituosas bajo el calor torrencial y a quien, amablemente, le pone un pincho de tortilla gratuito como tapa junto a su refresco.

No, no es la corrupción nuestra mayor penuria. Nuestro mal político es la falta de alternativa. Es la ingenua (y ya, a estas alturas, podríamos calificarla de mentirosa) ideología de cada miembro de un partido del Congreso que quiere continuar hipotecando el futuro de varias generaciones mientras desmembran las instituciones sociales que hicieron de este país un país próspero y serio.

Los recientes resultados de la encuesta del CIS son sólo la muestra fidedigna de cómo esta falta de alternativa es aprovechada por partidos como UPyD que propugnan lo mismo que nuestros dirigentes actuales. Pero muestran, a su vez, que el votante racional está mucho más apegado a las teorías inflacionistas y con ganas de que fluya un crédito – que no fluirá a falta de buena demanda (continuando la acumulación de deuda) –  y muy alejado de la defensa de un mercado más profundo y cooperativo, de un sistema más justo y equilibrado, alejados de un sistema con verdadera división de trabajo y generador de riqueza sostenidamente y sosteniblemente.

Tal vez tengamos que buscar alternativas fuera del Parlamento, pero mientras éstas cojan fuerza no piensen que la caída de Rajoy por los escándalos que le circundan traería más riqueza y empleo a esta sociedad.

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1 comentario

  1.    Responder

    Yo siempre he dicho que los políticos son el departamento comercial de las empresas para tratar con el cliente Administración Pública. La democracia de la que tanto les gusta hablar a ellos no existe ni ha existido. Si existiese los partidos no tendrían fundaciones donde la contabilidad es opaca, o bien las multinacionales (no todas) no ficharían a políticos para tratar con las administraciones públicas de paises Latinoaméricanos, por ejemplo.
    Nos dirigimos a una situación parecida a la España del 36, con una oligarquía inoperante, una eoconomía asfixiada y una masa de gente cabreada que no sabe que hacer. Al final la alternativa vino aparentemente sola, pero detrás siempre hay una finaciación.
    El malestar social crece más y más, y los malos de la película son los políticos, aunque no estan solos, pues ellos sólo son el departamento comercial de los oligopolios: Banca, comunicaciones y electricas. Oligopolios con consentimiento de departemento comercial y legislativo.


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