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El problema de la banca y sus privilegios

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Todos habremos leído, en más de una ocasión, un artículo, un libro o un paper criticando los privilegios que tiene el sistema financiero que otros sectores no comparten. No los podemos negar, los hay de todo tipo: rescates arbitrarios si tienen problemas, legislación contable hecha a medida, legislación mercantil que levanta barreras de entrada, cambios en la normativa fiscal a su placer, acomodo de la regulación de los mercados de valores a sus necesidades y un larguísimo etcétera.

La última aportación a este debate sobre los privilegios proviene de la politóloga y presidenta de honor de ATTAC, Susan George, quien en una reciente entrevista concedida a El País argüía que un sistema financiero sin control nos lleva al precipicio. La entrevista, cuya lectura recomiendo para reflexionar sobre las posturas de ATTAC y sobre los conocimientos económicos de esta institución (algo que no trataremos en esta ocasión), continúa después esta reflexión, siempre desde el punto de vista de El informe Lugano II, su último libro, atacando también la institución de los bancos centrales por regalar mercados y beneficios a los bancos comerciales a través de la fijación de los tipos de interés.

Como decíamos al comienzo, que existan una serie de privilegios a la banca no se puede negar. Pero es más, existen privilegios a la banca ya establecida y a los banqueros ya colocados en el sistema. Los mercados se regalan, vía BCE o Reserva Federal, a estos banqueros y no a otros empresarios, las barreras de entrada las levanta la Unión Europea o el Gobierno de nuestro país para evitar que otros entren a hacer la competencia (exigiendo altos fondos propios, exigiendo cumplimentar tortuosísimas regulaciones…). Y luego llega, al final, el aspecto doloroso que es el que todos ven: una vez estos sistemas fallan y acarrean pérdidas es el Estado quien se “zampa” los activos ilíquidos de los bancos a precios muy altos y se socializan las pérdidas. Es lo que se conoce como “socialismo para ricos”: privatizar las ganancias de la banca cuando ésta las tenía y socializar sus pérdidas en esta ocasión.

El problema, claro está, es que cuando se conceden todas estas dádivas a un sector al completo el riesgo moral se eleva sobremanera. Como saben los bancos que papá Estado estará ahí para rescatarles cuando las cosas vayan mal y como saben los bancos que no tienen que preocuparse mucho por dar calidad, buen servicio y seguridad y rigor a sus inversores y clientes (es decir, los ciudadanos) porque ya se cuida el Estado de que no existan competidores que entren en el mercado, pues los riesgos que toman son mucho más elevados si la posibilidad real de quiebra y de pérdida de clientela se asomase por el horizonte.

Piénsenlo un momento, si les dijesen que pueden apostar todo su dinero a que gana el caballo X la carrera de caballos (cuando no es el favorito, con lo que lo remuneran bastante) y que no pasa nada, pues si el caballo X pierde van a darle el dinero igualmente, probablemente apostarían. Y si usted no lo hace otros lo harían y para no quedarse usted en el mercado en solitario acabaría apostando también (en lo que se conoce como competencia para hacer las cosas mal, todos los bancos compitiendo por tomar cada vez más riesgos).

Una vez se ha hecho todo esto con la banca (no olvidemos que no a cambio de nada, a cambio la banca ha tenido que financiar con preferencia al Estado provocando el efecto expulsión del mercado crediticio del sector privado) ahora se la quiere controlar. Y quieren que este riesgo moral que conduce al descontrol se encasille por una regulación férrea y poderosa que impida barbaridades financieras. El problema de ello es que no se opta por acabar con los privilegios iniciales.

Puesto que aun quitando el privilegio del rescate directo (cosa que ya ha hecho la Unión Europea desde Chipre y, al parecer, se mantendrá a posteriori) se seguirá con el perverso maridaje de la regulación protectora de mercados y, sobre todo, con la posibilidad de abrir nuevos mercados vía bajos tipos de interés con el banco central, alterando la estructura relativa de precios de la economía.

Lo que hay que hacer, por ende, es quitar estos privilegios previos. Todos ellos. Y nada más. Esto, probablemente, asuste a más de uno. Se tiende a desconfiar en la autorregulación bancaria y su autocontrol, cuando se cita esta idea a uno le asaltan con la falsedad de la mano invisible de Adam Smith y parece quedar totalmente desacreditado. Empero, no estamos sosteniendo esto aquí. Yo no me fío de los banqueros, igual que no me fío de otros empresarios. Y, por ello, hay que ponerles la mejor regulación que el ser humano conoce: la responsabilidad. Esta responsabilidad, sin privilegios de ningún tipo, les hará responder por entero de cada metedura de pata que cometan, por mucho que sean too big to fail.

En suma, arrebatémosle los privilegios al sector financiero, todos ellos. Incluso con éstos eliminados podría entender cierta regulación (siempre que no levantara barreras de entrada), como una regulación de un banco central que funcione como funcionaba la Reserva Federal en sus primeros días. Pero no pensemos que sobre un esquema con privilegios podemos construir una banca “más responsable” pues nos estaríamos mintiendo. Ahora bien, imaginen quiénes son los menos interesados en alterar estos privilegios: los mismos que se los han dado. Entonces, comprenderán la dificultad que esta misión conlleva.

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3 comentarios

  1.    Responder

    Todo esto es muy bonito. Pero el problema viene cuando los Estados, que en el fondo son unos cuantos políticos, que quieren seguir siendolo, tienen que hacer que sus ciudadanos y votantes no vivan peor y eso de la competencia como que les asustan ya que puede traer inestabilidades.. Ergo, si hace falta creamos mercados, protegemos a nuestras empresas en el mercado interior y hacemos todo lo posible para tengan éxito en el mercado exterior. Vamos, una globalización y libre mercado del carajo. Esto no es globalización, es colonialismo corporativo.


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