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Próxima salida: el futuro. Las expectativas y el papel de los gobiernos

salida al futuro
En la inmortal novela de Alejandro Dumas, “El Conde de Montecristo”, Bilford, uno de los que lo había traicionado 20 años antes, era un próspero banquero. ¿Cuál fue la venganza de Edmond Dantés? Comprar los favores de los telegrafistas dando una información falsa sobre los movimientos de los títulos del tesoro como consecuencia de una nueva guerra, lo que provocó una venta masiva con una pérdida que le acarrearía la ruina y el suicidio.

Porque cuando Bilford se dio cuenta de la realidad, ya era demasiado tarde. El mercado y los inversores habían dictado sentencia. Las expectativas de beneficio de los títulos habían caído porque los datos que se transmitieron telegráficamente eran falsos.

Algo así ocurre con las expectativas económicas en el presente, aunque basados en datos verídicos. Así nos referimos en economía, a las previsiones que los agentes económicos realizan sobre la magnitud que asuman en el futuro las variables económicas.

El comportamiento de los agentes dependerá, lógicamente, de cuáles sean sus expectativas sobre el futuro.

Fue en los años cincuenta, cuando Phillip Cagan desarrolla la hipótesis de las “expectativas adaptativas”, según las cuales los agentes forman sus pronósticos sobre el futuro haciendo una extrapolación del pasado.

Hay que decir, que desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial, existía una preocupación de cómo iban a comportarse los mercados de capitales (las bolsas) cuando se estaban empeñando decenas de miles de millones de dólares en la reconstrucción europea. Y una clarísima preocupación para el despegue de Europa, era cuál iba a ser el comportamiento de la inflación. El recuerdo de la hiperinflación alemana de entreguerras estaba muy vivo aún. El crack del 29 también era muy reciente.

Según los primeros teóricos como Cagan que las abordaron, las expectativas adaptativas sobre la inflación del siguiente periodo, serían un promedio geométrico ponderado de las tasas de inflación observadas en el presente y las del pasado.

Pero con los cambios en la economía y la recuperación y desarrollo posterior de postguerra, se introducen nuevas variaciones a la teoría original, siendo en 1961 John Muth quién formulara una serie de críticas a las expectativas adaptativas, planteando una nueva hipótesis de formación de expectativas según las cuales:

– Los agentes usan toda la información relevante disponible. Es que una década después del planteamiento de Cagan, el nivel de informatización con los grandes ordenadores y la capacidad de almacenamiento de datos, era muy superior al de los años 50.

– No desperdician información y saben que equivocarse sistemáticamente es costoso. Pudiera ser que sus predicciones aunque no fueran demasiado precisas, deberían ser acertadas en promedio y sus errores tendrían que ser mínimos y aleatorios.

– Se supone además que los agentes actúan como si entendieran de economía, como sí conocieran el modelo económico relevante.

A este tipo de formulación de expectativas, Muth le dio el nombre de “expectativas racionales”.

En los setenta se publicaron una serie de trabajos en los que se demostraba que si los agentes económicos formaban sus expectativas de manera racional, la política económica sistemática no sería efectiva, inclusive en el corto plazo. Robert Lucas, Thomas Sargent y Robert Barro encabezaron esta nueva corriente que fue denominada como los nuevos clásicos, pues llegaban a la misma conclusión de que la política económica no era necesaria para alcanzar el pleno empleo. Que este se alcanzaba de manera natural, por las fuerzas del mercado.

Las expectativas juegan un rol trascendental en las decisiones que toman los agentes económicos.

Veamos algunos ejemplos:

-Los reclamos salariales de los trabajadores, y los aumentos que los empresarios están dispuestos a conceder, dependen de las expectativas que ambos tengan sobre el comportamiento de las ventas de la empresa y la inflación en el futuro próximo.

Un consumidor que está considerando la posibilidad de comprarse una vivienda, debe preguntarse: ¿Cómo evolucionarán sus ingresos? ¿En cuánto le subirán el salario en los próximos años? ¿En qué medida es seguro su empleo? ¿Puede pedir tranquilamente un préstamo para comprarla?

-¿Ante un déficit fiscal actual, los consumidores esperarían que el Gobierno aumente en el futuro los impuestos, de tal forma que ahora se reduzcan las compras de los consumidores para ahorrar en el presente y poder pagar los mayores impuestos futuros?

-El gerente de una empresa que observa que aumentan las ventas actuales se debe preguntar:

¿Se trata de una mejora transitoria que debe afrontar con la capacidad de producción existente o se trata de un aumento permanente, en cuyo caso convendría comprar nuevas máquinas? ¿En cuanto aumentarían los beneficios si se comprase una nueva máquina?

-El administrador de un fondo de pensiones que observa que sube la bolsa de valores debe preguntarse: ¿Van a seguir subiendo o es probable que el aumento se revierta? ¿Se debe esta subida de la bolsa a que las empresas esperan obtener más beneficios en el futuro? ¿Comparte esas expectativas? ¿Debe reasignar algunos de los fondos y repartirlos entre acciones y bonos?

Estos ejemplos ponen de manifiesto que muchas decisiones económicas dependen no sólo de lo que ocurre actualmente, sino también de las expectativas sobre el futuro. En realidad, son muchas las decisiones que dependen poco de lo que ocurre hoy.

Por ejemplo, ¿por qué una empresa va a alterar sus planes de inversión porque estén aumentando actualmente sus ventas, si no espera que sigan aumentando en el futuro? Las ventas podrían retornar a su nivel normal antes de que las nuevas máquinas estuvieran en funcionamiento. En tal caso podrían muy bien quedarse paradas generando pérdidas.

Después de dar una explicación breve sobre el concepto de expectativas, surgen inmediatamente, una series de preguntas:

a) Qué tipo de expectativas predominan en nuestra economía: ¿adaptativas o racionales?

b) Qué medidas toman los gobiernos para que las expectativas de los agentes económicos sean más o menos optimistas y permitan un aumento del empleo, consumo, inversión, producción, etc. en un futuro próximo.

En cuanto a la 1ª pregunta (tipo de expectativas predominantes), podríamos pensar que hoy día existe suficiente información y medios como para tratarlas adecuadamente y conseguir unas predicciones precisas que nos permitan una planificación económica bastante acertada.

Podríamos pensar que predominan las expectativas racionales. Si esto fuera cierto ¿qué papel tendrían las agencias de calificación de riesgos sobre los posibles inversores?: ¿sería mínimo?

La realidad nos ha demostrado que hemos confiado demasiado en este tipo de agencias que han llevado a los inversores menos cualificados y a algunos que se les suponían capacitados, a tomar decisiones erróneas, con lo cual no podemos decir que todos los agentes económicos tengan expectativas racionales.

Lo que subyace en el fondo, es que con bastante frecuencia se toman decisiones económicas de forma poco racional, dejándose llevar muchas veces por impulsos o corazonadas.

La hipótesis de comportamiento racional de los agentes económicos que se suele hacer en economía para hacer predicciones, muchas veces no se cumplen y nos lleva a situaciones como la actual, por la cual se hipotecaron muchas personas pecando de un exceso de optimismo permitido por las entidades financieras.

En cuanto a la 2ª pregunta (papel de los Gobiernos para crear confianza en el futuro), hay que tener muy claro que una buena gobernanza política implica diseñar aquellas medidas que afecten tanto la coyuntura como el mediano y largo plazo. Apostar por un futuro mejor para los ciudadanos, exige acertar en la percepción de la realidad actual tal cual es e impulsar políticas que hagan que ese futuro sea plausible.

Se olvida con frecuencia que para tener un futuro mejor, sólo se puede conseguir haciendo renuncias en el presente, de dos formas fundamentalmente:

El ahorro desde el punto de vista de las unidades de consumo (familias)

Ahorrando hoy para poner en marcha un proyecto futuro: no tiene sentido querer tener una casa hoy sin haber ahorrado nunca y pensar que porque se solicite una hipoteca se va a ahorrar por sistema. Esto no es así.

Tampoco tiene sentido conceder hipotecas por el 110% del precio de tasación del inmueble hipotecado. Este es un ejemplo claro de pecar de optimismo y de ambición que puede llevar a perder lo poco que se tiene.

El ahorro desde el punto de vista del estado.

La crisis de la deuda europea es un ejemplo de la pésima gobernanza económica y política de algunos estados (Grecia, Portugal y España son claros ejemplo de ello), que llevan muchísimos años endeudándose sin ser capaces de reducir deuda pública, ni siquiera como en el caso español en la época del boom inmobiliario.

¿Cuáles son los factores determinantes que lleva a la clase política a cometer estos errores en la valoración de las expectativas?

Desde la crisis del petróleo en los 70, los líderes políticos se han mantenido fieles a un principio –que salvo momentos puntuales- ha abusado en la utilización de la herramienta de financiamiento del estado vía endeudamiento: la creencia que el nivel de endeudamiento es siempre bueno.

Y esto es una falacia, ya que se piensa que manteniendo determinado nivel de gastos (independientemente si son productivos o no), se acometen las inversiones que el país requiere o se mantiene un determinado nivel de “estado del bienestar”. Pero hay más todavía: esta creencia no surge de las posturas doctrinarias de la economía, sino y esto es lo lamentable, del “dogma” de los políticos que una y otra vez, utilizan las recetas de los economistas como mejor creen que es para la solución de los problemas de su país.

La evidencia empírica e histórica demuestra, que salvo raras excepciones, siempre se equivocan, lo que hace que las expectativas futuras una vez admitida la gravedad en la cual se encuentra un estado, caen por el peso de la incapacidad presente de hacer frente a los retos que se tienen delante: caso de los elevados índices de desempleo de la UE. No hay más destructor de expectativas positivas que la incompetencia de un gobierno para afrontar los problemas de presente.

Cuando decimos que no es responsabilidad de los economistas, sino de los políticos, también creemos como Krugman ya afirmara hace unos 20 años, que hay dos tipos de economistas: los que lo son de verdad y defienden la aplicación de determinada teoría económica o se esfuerzan por estudiar y comprender las nuevas realidades económicas, desarrollando nuevas teorías o mejorando las existentes; los que Krugman llama “vendedores de recetas”, que son ni más ni menos los que están al servicio de los dictados de los políticos –en algunos casos demasiados inescrupulosos- que tratan de adecuar como un traje al cuerpo de una persona aún a sabiendas que lo que quiere el gobierno de turno no se puede adaptar ni adecuar al desafío al que se enfrentan, porque sencillamente la solución (la receta propuesta al político) está pensada para las bases electorales y no para si será efectiva en la ciudadanía.

Los economistas serios saben que hay una línea roja que no puede pasarse (caso del % de deuda sobre PIB, problema de muchos países de la UE), pero los políticos asistidos por los “vendedores de recetas” terminan apelando y dependiendo siempre de las mismas herramientas conocidas que dieron buenos resultados en épocas pasadas, aunque en circunstancias muy diferentes.

Ello lleva a lo que denominamos “ilusión fiscal”, que es cuando los administrados (ciudadanos) creen que su administrador (el estado) está haciendo un buen uso de los impuestos, cuidando que no haya déficit fiscal (más gastos que ingresos corrientes).

Y llega…porque siempre llega…el momento de la verdad. Y los intereses de la deuda se hacen impagables. Se “jaquea” el estado del bienestar y se inicia el tristemente célebre “círculo de la pobreza”: no inversión-no gasto-no consumo- incremento del desempleo.

En el caso del estado español, es evidente que no ha sido un buen inversor, y prueba de ello son los aeropuertos, aves, autopistas, etc., infrautilizadas.

¿Cómo se pueden cambiar las expectativas actuales de los agentes económicos?

En España, desafortunadamente, parece claro que las expectativas no han sido ni adaptativas ni racionales y que en ello, los sucesivos gobiernos españoles han tenido una gran responsabilidad.

Es por este motivo, que Economistas Críticos denuncia que sistemáticamente no se ha considerado en su exacta dimensión, las grandes políticas que afectan al largo plazo (educación, investigación, desarrollo e innovación).

Consideramos que brilla por su ausencia la existencia de un Plan Estratégico de Crecimiento Económico: cualquier país que desea un futuro mejor para sus ciudadanos debe decidir qué tipo de actividades debe y quiere promocionar a largo plazo para tener un crecimiento económico sostenible.

Tanto en la legislatura anterior como en la actual, se ha cometido el mayor error e injusticia que se puede cometer en educación; después de tener capital humano lo suficientemente preparado, no se ha sabido aprovechar y han tenido que ser otros países los que se lleven a nuestros mejores trabajadores y que están más predispuestos al cambio.

Adicionalmente se está promoviendo desde el gobierno una estrategia competitiva de bajos costes y no una especialización en actividades de alto valor añadido, con I+D+i. Con la gravedad que esta estrategia no es difícil de replicar por parte de otros países mediante devaluaciones competitivas (vía tipo de cambio y/o salarios), que además estamos en un contexto internacional donde esto se está realizando de forma generalizada (y quizás en el largo plazo ello puede dejar de ser una ventaja competitiva relevante) y que ello conlleva una disminución grave de las expectativas de mejora del país por parte de los agentes económicos.

Y por si fuera poco, no se vislumbra en el Plan Estratégico una apuesta por el crecimiento de las energías verdes, motor del futuro crecimiento económico y de la generación de empleo de todas las economías mundiales de aquí al 2050. Más bien al contrario, se han primado las energías no limpias en contra de lo que está sucediendo y sucederá en los próximos años en el mundo y en toda Europa.

Y este Plan Estratégico inexistente, incluso coexiste con una ausencia de posibilidades de financiación y/o canalización del ahorro hacia estas actividades de mayor futuro.

Así, desde Economistas Críticos Independientes se considera que para mejorar las expectativas de los agentes económicos es necesaria la existencia de:

– Plan Estratégico Nacional de Largo Plazo convincente, que delimite qué tipo de país queremos y qué tipo de actividades debemos primar para asegurar un crecimiento sostenible de largo plazo.

– Acuerdo político con la mayoría de fuerzas políticas para el respeto de los términos aprobados en el Plan Estratégico de Largo Plazo (blindaje para que los cambios políticos no modifiquen las políticas de largo plazo del país), tipo Pacto de Toledo (pensiones).

– Primar con las políticas gubernamentales actividades relacionadas con las energías verdes, intensivas en su implementación de mano de obra cualificada y no cualificada.

– Priorizar a su vez las actividades de alto valor añadido e I+D+i, que nos permitirán proporcionar lugares de trabajo a nuestra fuerza laboral más formada (y evitar que marchen fuera).

– Promover una educación de calidad, mediante la INVERSIÓN oportuna y necesaria,

– Promover el emprendimiento desde todas las etapas vitales (educación, vida laboral,…) mediante ayudas gubernamentales (ayudas fiscales en los primeros años de actividad,…) como forma de canalización del ahorro, inversión y financiación hacia las actividades de mayor futuro a largo plazo.

– Favorecer el ahorro y su oportuna canalización hacia las actividades del Plan Estratégico de Largo Plazo.

– Exigir a los bancos privados la financiación de actividades que sean viables financieramente, vinculadas a estas actividades de futuro (y esto no se hace proporcionando más margen de beneficio a las entidades financieras como se ha venido sondeando desde el Ejecutivo, sino exigiendo su gran responsabilidad real sobre una situación que ellos mismos han creado).

Al mismo tiempo, circunscribir al ámbito de la Banca Pública (que no existe en España y que habría que considerar la puesta en funcionamiento de un Banco para el crecimiento y desarrollo como existe hace años en muchos otros países) todo tipo de financiamiento a largo plazo para sectores punteros que incorporen valor añadido al PIB, creen puestos de trabajo y faciliten la transferencia horizontal de puestos de trabajo existentes de sectores obsoletos o en decadencia, a aquellos que tengan futuro y eleven la competitividad de España en el mercado mundial.

La mejora de las expectativas de los agentes económicos es clave para la mejora de la situación económica del país y para la creación de empleo.

Es por ello que emplazamos al Gobierno a que lidere este proceso, el cual debería sentar las bases para un crecimiento sostenible y estable de largo plazo para nuestra economía.

Es necesario y lo necesitamos.

Autores del artículo:

Miquel Mascort i Reig

Ramón Fraile Duque

Eduardo Rebollada Casado

Francisco Fernández Reguero

Rubén E. Bianco

José Luis Zunni



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