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En nuestras sociedades humanas tenemos la costumbre de ser profundamente críticos con otras sociedades, pero sin embargo solemos ser muy autoindulgentes para con nosotros mismos, una clara extensión de comportamientos individuales con los que topamos muy frecuentemente. Europa no es ninguna excepción en este caso, y es un hecho que las sociedades europeas suelen calificar a la sociedad estadounidense como de poco autocrítica.

En realidad, las personas no somos tan distintas como algunas veces nos quieren hacer creer y, sin ser mi intención ni criticar ni defender a la sociedad norteamericana, sí que creo conveniente llamarles la atención sobre los formidables ejemplos de autocrítica certera que algunas veces nos llegan desde este país.

Desde que la vi en una sala cinematográfica, he incluido la cinta “American Beauty” entre estas piezas de valor incalculable, y nos podríamos referir al tema de este post como la “American Beauty” del mundo económico norteamericano. El artículo en concreto que me dejó boquiabierto hace un tiempo fue publicado por el que es probablemente uno de los mejores rotativos del planeta, el New York Times: “The Self-Destruction of the 1 Percent“ .

Permítanme aconsejarles encarecidamente que lean esta pieza. No obstante, por si no disponen del tiempo para hacerlo, les resumo que relata cómo la ciudad italiana de Venecia era en el siglo XIV una de las urbes más prósperas del mundo conocido, y cómo los cimientos de su prosperidad se asentaban sobre la “Colleganza”, un orden jurídico-económico que aseguraba que los comerciantes ya establecidos colaborasen con los nuevos emprendedores.

Era una especie de american dream de hace siete siglos. Cuando los comerciantes dominantes acabaron formando una hermética oligarquía, sobrevino el declive del sistema, y valiéndose del Libro de Oro y la “Serrata”, la “Colleganza” fue prohibida, impidiendo progresar a los nuevos emprendedores que no estuviesen ya entre los clanes establecidos. El interés general del sistema dejó de ser una prioridad para las clases dirigentes, que empezaron a preocuparse tan sólo por su propio interés; una posición evidentemente cortoplacista que terminó convirtiéndose en su propio fin, y de paso en el fin del bienestar económico de la ciudad-estado veneciana.

A este relato con tintes históricos le sigue una interesante disertación sobre si el sistema estadounidense esta inmerso en la misma deriva que el veneciano, y las cuestiones planteadas por el columnista son de gran calado. El deterioro del sistema capitalista y, hemos de decir, de cualquier otro sistema posible, puede tener en el nepotismo un factor clave causante de su declive. No son las características de cada sistema concreto las que traen consigo el nepotismo, sino que más bien es la propia naturaleza de ciertos individuos, cuyo cortoplacismo egoísta les lleva a perseguir la prosperidad económica tan sólo de su entorno más inmediato, sin importarles que sea a cambio del sacrificio del resto de la sociedad.

Y por no dejar solos a los americanos en su feroz y constructiva autocritica con símbolo de dólar, a continuación les contaré un caso ocurrido en España y que nos hace entrever cuan agotado está el sistema actual de no cambiar bruscamente el rumbo de la nave.

Un conocido, que tenía buenas relaciones con una gran empresa española, entró a trabajar en un proveedor de dicha empresa. Mi conocido, en el plazo de un año, multiplicó la facturación con la empresa por cinco. Contento por sus logros, tuvo su reunión de revisión de objetivos anuales, y esperando una reunión triunfal y un bonus generoso, se encontró con todo lo contrario: una carta de despido y ni un euro del bonus. No se lo podía explicar, e inició un proceso judicial con el proveedor. En paralelo consiguió un nuevo trabajo en otro proveedor de la misma gran empresa, y de nuevo en el plazo de un año y poco multiplicó la facturación con ellos por siete. De nuevo le volvió a ocurrir lo mismo y le despidieron sin agradecimiento ni bonus. Inició otro proceso judicial con el segundo proveedor.

En el primero de los procesos judiciales la empresa proveedora incluso llevó a cinco ejecutivos que cometieron perjurio, pero gracias a que diversos empleados de la gran empresa declararon también en el juicio y confirmaron el incremento de las cifras de ventas mientras mi conocido era gerente de la cuenta, ganó el juicio.

El segundo juicio también lo ganó. Y en el transcurso de ambos procesos judiciales se fue enterando del oscuro motivo oculto tras sus dos misteriosos despidos. En ambos casos él convirtió una cuenta poco importante en una cuenta no sólo relevante, sino también apetecible por las jugosas comisiones que suponían las nuevas cifras de ventas que él había conseguido. Y claro, este hecho enseguida atrajo el interés de los altos directivos de la compañía, que no se preocupaban por asegurar la prosperidad del negocio a largo plazo premiando a un account manager que había demostrado una enorme valía, sino que lo que realmente les interesaba era colocar a uno de sus allegados en la ahora suculenta cuenta para que se llevase él las comisiones, cosa que ocurrió en ambos casos.

Finalizo ya este post que tan sólo pretende ser mi contribución personal a esa constructiva autocrítica que permite mejorar los sistemas socioeconómicos y que, sin grandes pretensiones, me gustaría calificar de “Spanish Beautynomics”, parafraseando el título de la famosa película autocrítica americana con la que abría este artículo, y pretendiendo abrir un cortafuegos que nos permita salvar los muebles y servir de refugio a las muchas personas éticas y honradas de este país.

El tema no es en absoluto baladí, si lo piensan bien, en ello radica el origen de la mayoría de los problemas que aquejan a España SA, siendo esto un aspecto más del cortoplacismo generalizado que nos aqueja. Les he expuesto dos ejemplos del entorno empresarial, pero el diagnóstico no es cáncer sino metástasis, y todos los agentes socioeconómicos tienen las mismas vías de agua.

No cometan el error de particularizar en un ente aséptico y pensar “La culpa es del gobierno”, o “de la oposición”, o “de las empresas”, o “de los sindicatos”. Todos los agentes socioeconómicos al final están dirigidos por personas. El problema son los individuos, más concretamente ciertos tipos de individuos, y los individuos no olviden que salen de la sociedad. España necesita un líder carismático que regenere instituciones, sindicatos, empresas… y la sociedad en su conjunto. Eso sí, estarán de acuerdo en que a alguien que va a tener tanto poder de cambio hay que elegirlo con mucho, pero que mucho cuidado. El riesgo es alto, pero ¿No es más alto el riesgo de la alternativa?, y ahora mismo no tengo muy claro ni siquiera si la hay. El peor legado que nos dejan las cabezas de la Uglynomics es que cada vez hay más gente que no cree en nada, y eso es lo más peligroso.

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