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“Lo que es bueno para el país es bueno para General Motors y viceversa” sentenció Erwin Wilson. Nadie como él, primero consejero ejecutivo de la corporación y luego ministro de defensa de los Estados Unidos, entendía mejor esta frase. Pero el lunes 9 de diciembre esta cita se cuestionó, cuando se anunció la venta de la participación, que le quedaba al Gobierno del grupo, en bolsa. Mientras que el contribuyente norteamericano ha perdido más de 10.000 millones de dólares con la operación de rescate, los fondos de inversión como Hayman Capital y Greenlight Capital se frotan las manos por la posible futura revalorización de sus títulos en Wall Street.

La compañía automovilística pasó a manos del mercado después de un proceso duro de suspensión de pagos excepcional, que requería recomponer un balance con deudas por valor 172.810 millones de dólares y 82.290 millones de activos. La reconversión, con éxito, de la empresa ha ayudado ganar adeptos entre sus inversores. Uno de ellos, Kyle Bass, exponía a Harvest a principios de diciembre su optimismo sobre la compañía; según sus estudios el precio de las acciones de General Motors podrían incrementarse un 30% en cuestión de un año y medio.

Nadie hubiera dicho lo mismo hace diez años. La productora de marcas como Opel o Cadillac vivía tiempos difíciles, incluso antes de la crisis del sector. En el año 2005 ya presentaba pérdidas por un total de 10.600 millones de dólares y las ventas en América del Norte, su segmento geográfico más importante, estaban cayendo. A la empresa dirigida por Rick Wagoner se la acusaba de ejecutar una estrategia basada en la comercialización de coches pesados, de alta cilindrada, pensados para la numerosa familia americana.

El mal momento de la industria del motor, relacionado con la recesión del país, pilló a la corporación de Detroit con los bolsillos agujereados. No tenía efectivo suficiente para pagar a proveedores ni acreedores. El papel estratégico de la multinacional ya había obligado a la administración de George W. Bush a facilitarle un préstamo puente, a finales de 2008, pero el Gobierno presidido por Barack Obama se negaba a rescatarla totalmente. El contribuyente ya tenía suficiente con pagar los platos rotos del sector financiero y del sector inmobiliario.

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